UN MENÚ NAVIDEÑO EN LAS TRINCHERAS, 1914

 

Nochebuena de 1914. Frente de Yprés. Sector del Bridoux-Rouge, defendido por británicos de la Séptima División  de los Húsares de Northumberland. Los soldados están de enhorabuena. En esta fecha tan entrañable y familiar que pasarán fuera de sus hogares, el Alto Mando los obsequia con una cena especial, sopa de col, salchichas, empanadas de carne y riñones, pastel de manzana, sidra y medio litro de whisky por cabeza. Un baquetazo si se compara con la bazofia del rancho habitual. En alguna chabola suena una gaita escocesa. Su música distante llega hasta el puesto avanzado de escucha que ocupa el centinela Tom Brough.

 

Metido en el tabardo que conserva el calor del soldado que vino a relevar, envuelta la cabeza en una bufanda que le llega hasta los ojos y un gorro de lana hasta las cejas, Tom vigila la trinchera alemana distante solo  sesenta metros. Es una noche sin luna, oscura. Más que ver, escucha. Le ha parecido percibir algún sonido, como si reinara cierto trasiego en la trinchera alemana. Además  una luz difusa se refleja levemente en la niebla cada vez que alguien aparta la cortina para entrar o salir de un refugio. Tom redacta mentalmente el parte que va a escribir dentro de un par de horas cuando lo releven: “Cierta actividad en la trinchera enemiga”.

 

Tom intenta tranquilizarse. No es probable que los alemanes estén preparando un ataque en fecha tan señalada, y menos de noche, pero tampoco se puede descartar. Con los fritzs nunca se sabe. Hay que permanecer alerta.

 

De pronto varias lucecitas, como de candelitas de juguete, se elevan de la trinchera alemana. No se trata de bengalas porque apenas se alzan a un metro de altura. Tom empuña el cable de alarma. Acaricia nerviosamente el pulsador con la yema del pulgar. ¿Qué  traman los fritzs? En otro segmento de la trinchera se elevan más luces. ¿Lamparillas? Tom se esfuerza en distinguir de qué se trata.

 

Parece… No, parece: es. ¡Son árboles de Navidad!

 

En la trinchera alemana van creciendo los árboles de Navidad, pequeños abetos triangulares, oscuros. Dos, tres, cinco. Diminutos árboles de navidad con lamparillas colgando de las ramas. Brillan con sus luces cada pocos metros, por encima de los parapetos a lo largo de la trinchera alemana. Al propio tiempo se escucha una música de gramófono y el villancico Stille Nacht, heilige Nacht, Noche de paz, entonado a coro por un centenar o más de gargantas.

 

La letra está en alemán, pero la música es universal.

 

Tom está decidiendo qué hacer, si oprimir el botón de la alarma o qué, cuando su sargento llega hasta él por el estrecho conducto que comunica con la trinchera.

 

-¿Qué pasa soldado?

 

-Los fritzs que cantan villancicos y ponen árboles de Navidad.

 

La noticia corre por las chabolas de las trincheras inglesas. Salen los hombres a escuchar los cánticos del enemigo.

 

-Esos cabrones tienen hasta árboles de navidad –dice uno después de observar con los prismáticos.

 

Un grupo de galeses, todos gente de coro, arrancan a cantar Deck the halls, tan popular en su tierra. Los ingleses cantan los suyos; y los escoceses los suyos.

 

Con una bocina, un cabo de la trinchera inglesa, grita hacia las luces:

 

-¡Eh, los vecinos!: ¿os sabéis Morgen, Kinder wird’s was geben?

 

Silencio. Los coros se interrumpen en las dos líneas. Deliberaciones en la trinchera alemana. Medio minuto después llega la respuesta amplificada por una bocina:

 

-Claro. Os lo vamos a cantar –anuncia una voz en vacilante inglés.

 

Un coro bien entonado surge de las trincheras: Wie wird dann die Stube glänzen/ Von der großen Lichterzahl!/ Schöner als bei frohen Tänzen/ Ein geputzter Kronensaal!/ Wißt ihr noch, wie voriges Jahr/ Es am heil’gen Abend war? (La sala brillará, con tantas luces/ más bonitas que los bailes felices en los palacios rutilantes/ ¿Te acuerdas de la Nochebuena del año pasado?)

 

La evocación de la Nochebuena del año pasado pone un nudo en muchas gargantas. Brillan las lágrimas en los ojos de los fritzs que, como sus hermanos de desventura, los tommies y los poilus, acudieron a la guerra pensando que sería poco más que un paseo militar, que para Navidad estarían de regreso en casa contando cómo habían entrado en Berlín o en París.

 

-Ahora os cantamos uno de los nuestros –informa el inglés de la bocina.

 

Y los galeses entonan: Boar’s Head Carol.

 

Así pasan la noche, intercambiando villancicos, músicas, cánticos. En las dos trincheras hay acordeones que acompañan con música.

 

El alba empieza a clarear sobre la el devastado paisaje cubierto por un sudario de escarcha. Algunas banderas blancas se alzan en la trinchera alemana. Unos  y otros se vigilan en silencio a través de la torturada tierra de nadie, en la que cadáveres descompuestos exhalan el hedor dulzón de la muerte. Después de un momento, un corpulento alemán tocado con gorro de lana antirreglamentario, de los que tejen con amor las madres, las esposas, o las novias, asoma la cabeza y agita un palo en cuyo extremo ha prendido un trapo blanco. Después se atreve a salir entero. Desarmado, sortea las alambradas con parsimonia, cuidando de no engancharse los pantalones en las púas de acero, y se interna en la tierra de nadie agitando el trapo blanco. Otros camaradas lo imitan y van apareciendo detrás del parapeto festoneado con árboles de Navidad.

 

De la trinchera inglesa emergen otros soldados. Los indecisos se animan, intercambian sonrisas nerviosas ¿por qué no? Es Navidad. Salen a recibir a los alemanes en tierra de nadie. Uno que chapurrea el idioma del kaiser grita saludos. El alemán corpulento le responde en pasable inglés. How are you?

 

-Hallo!

 

-Guten morgen!

 

Los dos grupos que hasta ayer se mataban se encuentran a medio camino en medio de la desolada tierra de nadie, entre embudos cenagosos, cadáveres semienterrados y chatarra bélica oxidada. Alemanes e ingleses se contemplan, astrosos, barbudos, sucios, tan parecidos si no fuera por el uniforme, tan distintos de cómo los presentan las caricaturas de la propaganda.

 

Están a la distancia del cuerpo a cuerpo, pero esta vez sin bayonetas ¿y ahora, qué?

 

Después de un momento de vacilación, un inglés pelirrojo extiende la mano hacia el bávaro que tiene delante. El bávaro se la estrecha y mira a sus compañeros, sonriente, como si hubiera culminado una hazaña. Los otros se apresuran a imitarlo. Los enemigos de ayer, cruzan sonrisas y saludos que entienden más por el tono que por el significado. El inglés rubicundo hurga en su bolsa de costado, donde suele llevar las granadas, y extrae una tableta de chocolate que recibió ayer con el aguinaldo navideño de la novia. Reparte las onzas entre los alemanes. Uno de los alemanes lleva un mazo de salchichas dentro de un papel parafinado. Las distribuye entre los ingleses. Un escocés saca una petaca de whisky. Los alemanes la pasan de mano en mano y van dando tragos prudentes para que alcance a todos.

 

Gut! –aprueba uno chasqueando la lengua.

 

Yes, yes, very good.

 

En un momento todos se dedican a intercambiar cigarrillos, cerillas, mecheros, monedas, navajitas, incluso botones que se arrancan del uniforme, los botones metálicos con el sello del cuerpo, como recuerdo del insólito encuentro. Se muestran fotos de familia, la novia, la madre, los hijos.

 

Pasan así el día. Los que al principio no se atrevieron a salir, se deciden y se unen a los otros. Hay un trasiego de las trincheras a la tierra de nadie para intercambiar saludos, recuerdos, productos escasos en el otro lado, para constatar que son gente normal, buena gente probablemente, que por circunstancias de la vida, más vale no ponerse a analizarlo, se ven compelidos a matarse en una guerra absurda. Los tommies y los fritzs, hijos del pueblo unos y otros, labradores, pequeños empleados, artesanos, obreros, funcionarios, aprendices… tienen mucho más en común entre ellos de lo que pueden tener con los generales o los políticos que los han metido en esta mortal aventura, los que en este momento, lejos del frente, de los piojos y de las ratas, estarán celebrando una Navidad tan distinta, con mesas bien provistas, en cómodas mansiones caldeadas, cerca de sus mujeres y de sus hijos, en familia.

 

No todo es jolgorio y fiesta. También se retiran los cadáveres que infectan la tierra de nadie, cada bando los suyos, para darles digna sepultura. Algunos tan descompuestos que se deshacen al alzarlos.

 

Durante todo el día siguen confraternizando alemanes e ingleses en la tierra de nadie.  Un grupo improvisa una pelota de trapos y disputa un partido de fútbol, unos treinta jugadores por bando, entre el jolgorio y los comentarios de los espectadores. Alguno más técnico lamenta el deplorable estado del césped, todo lleno de embudos de obuses y sembrado de metralla.

 

A la caída de la tarde, cada cual regresa a su trinchera y recupera su fusil. Los sargentos establecen los turnos de centinela y escucha. La rutina de cada día.

 

Kilómetros atrás, a las confortables residencias del Alto Mando y de los generales y oficiales de rango superior, muchos de ellos pertenecientes a aristocráticas e ilustres estirpes militares comienzan a llegar noticias de lo ocurrido en el frente.

 

Confraternizar con el enemigo es un delito grave, rayano en la traición. Es conculcar las más elementales leyes de la guerra, un contradiós. La guerra no es ningún juego de niños (“En efecto, mi coronel, es un juego de generales”). A la vista de lo ocurrido, se depuran responsabilidades. Se interroga a los oficiales responsables de los sectores implicados. Se confeccionan listas. Se celebran consejos de guerra. En los sectores del frente ocupados por franceses apenas se han producido casos de confraternización, pero no obstante, se reprime severamente a los culpables.

 

-Hay que tomar medidas para que hechos tan vergonzosos como estos no vuelvan a producirse- asevera un general.

 

En eso concuerdan los Estados Mayores de uno y otro bando, en el fondo lo que los ingleses llaman birds of one feather, o sea, pájaros de una pluma, gentes del mismo pelaje, los intérpretes del verdadero patriotismo.

 

Se confiscan las fotos que tomaron los soldados para perpetuar el acontecimiento (aunque alguna se filtrará a la prensa); se censuran las cartas de los que cuentan a la familia lo ocurrido el día de Navidad. Borremos este episodio, que constituye un baldón, de la hoja de servicios del regimiento.

 

En las sucesivas navidades de la guerra, el Alto Mando de cada parte se cuidará de abortar cualquier confraternización, a veces por el expeditivo procedimiento de ordenar fuego artillero para que ningún soldado se aventure en la tierra de nadie.[1]

 

(Extraído del libro de Juan Eslava Galán, La Guerra del Catorce, Ed. Planeta, 2013)




[1]  El 11 de noviembre de 2008, se inauguró un discreto monumento a la Tregua de Navidad de 1914 en la localidad francesa de Frelinghien. El acontecimiento se acompañó con una jornada de convivencia entre descendientes de los soldados que protagonizaron el episodio  de 1914, lo que incluyó la disputa de un partido de fútbol entre soldados del Primer Batallón de los Fusileros de Gales y los de un batallón alemán 371. Ganaron los alemanes  dos a uno. En nuestra Guerra Civil fueron frecuentes los encuentros de fraternización, favorecida por el hecho de que todos fuésemos españoles. En mi novela La Mula, gloso uno de esos encuentros en el frente de Peñarroya.

 

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Peter Knight y Stefan Langheinrich, descendientes de veteranos de la I Guerra Mundial se dan la mano

Peter Knight y Stefan Langheinrich, descendientes de veteranos de la I Guerra Mundial se dan la mano

 

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LA SOPA DE COL A LA MANERA DE LA TRINCHERA

 
Autor: 
Tipo de receta: Sopas
Tipo de cocina: De Guerra
Ingredientes
  • Medio kilo de col o repollo
  • 2 zanahorias hermosas
  • 1 cebolla grande
  • 1pimiento rojo
  • 1 litro de caldo
  • 4 cucharadas de aceite de oliva
  • 2 huevos
  • 2 cucharadas de vinagre de vino
  • 1 cucharadita de perejil fresco picado
  • 1 cucharadita de sal
Instrucciones
  1. Picamos la col, las zanahorias, la cebolla y el pimiento en juliana.
  2. En una perola calentamos el aceite y sofreímos a fuego suave la cebolla y el pimiento. Cuando la cebolla se transparente, añadimos la zanahoria y rehogamos cinco minutos.
  3. Añadimos el caldo, el chorrito de vinagre y la sal.
  4. Dejamos hervir a fuego manso, tapada, unos 20 minutos. Dos minutos antes de apartar la perola del fuego, agregamos el perejil y los huevos batidos.

 

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